Era una fría y lluviosa noche de julio. Llegue empapada pero feliz luego de una breve corrida hasta mi casa; ahora reposo adormecida por la suave caída de la lluvia que moja la ciudad con su armonioso canto.
Veo las luces de la calle distorsionadas y el rojo cielo por mi ventana entreabierta, por donde entra el fresco húmedo de la copiosa lluvia.
Se escucha en la calle el ruido de tacones lejanos buscando desesperados un refugio, y autos pasando y salpicando a gran velocidad el agua en las calles. Esos son los únicos ruidos que perturban a la canción de la lluvia, la cual al fin logra tomarme en sueño ligero.
De repente despierto sobresaltada por lo que parece un avión recién caído en la casa contigua, pero enseguida noto que fue un rato sucedido por muchos otros que iluminan el cielo segundos antes de hacer temblar la tierra con sus fuertes estrépitos.
La canción de la lluvia se ha tornado agresiva, ahora no me adormece con su canto perfecto, sino que me perturba con sus fuertes protestas, pero a estas horas de la madrugada tengo tanto sueño que ni siquiera la tercera guerra mundial estallando en la puerta de mi casa podrían evitar que me duerma, asi que vuelvo a caer profundo en los brazos de Morfeo.

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