Lucía llegaba de la mano de su novio, creyendo que su casa estaba vacía. Ambos estaban radiantes, tanto como el día que transcurría soleado y tranquilo. Subieron corriendo las gradas, se metieron en su cuarto perfumado de percrebel, cerraron la puerta solo por si acaso y se desvistieron en el acto, pues no tenían tiempo que perder. Lucía estaba parada junto a la puerta y su novio estirado en su lecho como un rey lagarto, cuando se abrió tímidamente la puerta, y de esta, apareció la cabeza de su hermano mayor. Lucía se cubrió como pudo sus partes privadas, pero su asombro y terror no le permitieron decir siquiera “¡fuera!”. Su hermano simplemente rió por lo bajo y dijo: _No puedo creer que ya estés en eso_ sacó la cabeza y cerró la puerta.La estela de silencio que dejó su socarrona risa plantó en Lucía una extraña sensación, no de nervios o vergüenza, como hubiese sido lógico sentir, si no más bien un refrescante sentimiento de seguridad, e incluso de complicidad; su hermano habría de comprender que ella ya tenía 17 y aquello era normal. Se volcó, sonriente como estaba hace un momento, y se recostó sobre el torso fuerte de su amado piel canela; nada malo les sucedería, podrían amarse en paz.
Transcurrió la tarde, tan hermosa como lo esperado, pasaron las horas y su familia seguía ignorante del asunto, todo estaba bajo control.
_Lucía, ¿puedo hablar con vos un rato? _le dijo su tío cuando la noche empezaba a hacerse presente_ sé lo que hiciste y también sé que me vas a odiar toda tu vida por esto pero… tenés 24 horas para confesar con tu mamá, porque si vos no le decís, le digo yo.
La reacción natural e involuntaria de Lucía fue correr hacia la reja de su casa, el mundo se le caía a pedazos y no era capaz de encontrar una solución. Muchas veces se había imaginado ese momento, pero el único plan de escape que había podido formar era simplemente escapar, irse por fin con su amado como tantas veces lo había soñado. Ahora tenía la reja delante de ella y se proyectaba corriendo hacia el infinito como Forrest Gump, pero el poder de la conciencia tenía pegados sus pies al cemento, solo le quedaba ser responsable y asumir las consecuencias de su error.
Varias veces, al día siguiente, intentó Lucía acercarse a su mamá y decírselo todo, pero por alguna razón, ese día en particular estaba más feliz y cariñosa que nunca; a la muchacha la carcomía la angustia de arruinar para siempre la alegría maternal.
Lo peor de todo era que cada vez más gente conocía la verdad y la noticia se había esparcido incluso a los amigos de sus padres, pero todos esperaban que pasasen las 24 horas prometidas a Lucía para que tuviera la oportunidad de confesar por su cuenta.
Las horas pasaban y la presión crecía de forma directa, pues todos los conocedores del crimen insistían a la joven que confesara de una vez, mientras la desesperada muchacha hacía todo lo posible por escribir una carta que le salvara la cabeza.
Ya casi eran las 8, la carta no estaba lista, tío y mamá conversaban en la sala y sonó la alarma que anunciaba su hora de ir a la ahorca, sonó insistentemente el despertador que aniquiló la pesadilla.
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