El mundo está dividido en dos: los de arriba y los de abajo.
Mientras que los de arriba, todos anglosajones y poderosos, están construyendo un arma para protegerse de los alienígenas; los de abajo, petizos e insignificantes, hacemos malabares para evitar que nuestros lotes sean invadidos por los “sin tierra”.
Allá la vida es tan fácil y llena de oportunidades, que la gente misma se complica la existencia para hacerla un poco más interesante. Por ejemplo, el otro día estaba yo viendo un reality televisivo en el que muchísimos gringos compiten para entrar a la mejor escuela de teatro y poder saltar a la fama como actores. El show está dividido en tres temporadas: A, B y las eliminatorias. Los que entraban en la primera temporada eran los mejores y por lo tanto, los que luego ganarían más oportunidades y beneficios dentro de la academia. En las eliminatorias se seleccionaban a los mejores entre lo peor para terminar con el show, los seleccionados ganaban tan solo el derecho de entrar en la escuela de arte y los perdedores se iban a casa con las manos vacías.
Fue en esta temporada donde Norteamérica lució la afición de su gente por complicarse la vida para alcanzar sus metas. Tal fue el caso de una muchacha –rubia, no muy alta, simpática- que tuvo que esperar tres meses para que empezara la temporada a la que ella había sido designada en el casting inicial. Cuando finalmente le tocó salir a escena, la muy sinvergüenza dijo que la única razón por la que había entrado al programa era porque había oído que si entraba a la Universidad de Bellas Artes, luego podría hacer traspaso para cualquier otra universidad fácilmente. Lo que ella en realidad quería era ser abogada, por lo que ni siquiera se había dignado en mirar las anteriores temporadas del show, y con tal descaro y todo, los jueces ni siquiera se inmutaron, juzgaron su actuación como a cualquier otro participante y siguieron con el programa.
Es como les digo, el mundo anda loco. Los de arriba ya lo han visto todo, lo saben todo, su capacidad de sorprenderse ha sido arrancada de sus pálidos cuerpos. Son especialistas en practicidad, pero sin embargo hacen todos sus esfuerzos para complicarse un poco la existencia. La practicidad los llevó hasta la locura, hasta la enfermiza necesidad de hacer difícil lo que su propia tecnología pudo haber hecho fácil.
Tal fue el caso de una amiga mía que se fue de intercambio a Estados Unidos. Su papá gringo era uno de los creativos en una fábrica de plásticos, además de ser el orgulloso creador del organizador de alimentos que revolucionaría la forma de clasificar, ordenar y transportar comida cual menester sea. El fabuloso invento llamado “Put in the Right Way” constaba de un taper grande que contenía varios otros tapers de distintos tamaños y formas, los cuáles habían de ser científicamente acomodados –cual juego de tetris- para lograr que todos entraran en el primero. La obsesión del creador era tal, que antes de cada comida guardaba todo lo que se había preparado en cada uno de los contenedores, los acomodaba dentro de uno solo y luego los sacaba para ponerlos en la mesa, repitiendo el proceso en cada comida del día.
Esos gringos siempre consiguen lo que quieren, y después de que lo consiguen, buscan algo más difícil e inalcanzable, y aún así lo consiguen. Recuerdo que en aquel mismo reality había un tipo, un jugador de fútbol americano; era el pateador –o como se llame- del equipo y jamás en toda su carrera había errado un gol –o como se diga-. La cuestión es que el sujeto se sentía tan capaz y fantástico, que luego de su rotundo éxito en el fútbol, pretendía ser estrella de cine. Y ahí lo ven, aunque participase de la última temporada, era uno de los felices admitidos en la Universidad de Bellas Artes.
Y aquí lo ven a uno, que no puede siquiera encender una vela con facilidad. Una vela… pensar que por tratar de encender una, mi querida amiga Lucía vivió una de las peores pesadillas de su vida:
Estaba ella en su cocina junto con su prima de cuatro años, era un día caluroso y no llovía desde hacía tiempo, por lo que todas las plantas estaban muy secas. Por alguna razón que no logra recordar, necesitaba encender una vela con un viejo encendedor anaranjado, pero cuando desató la llama de este, una tímida llama azul se hizo presente en la anura que separa el plástico del metal y, de un momento a otro, creció tanto el fuego que logró volar la tapa metálica que contenía el gas. Y como si hubiesen abierto una caja llena de dientes de león, un sinfín de pequeñas lenguas de fuego azul se fueron volando hacia el jardín.
Lucía, en su desesperación, salió corriendo hacia el patio, donde se encontró con un fortísimo viento y lo que literalmente podría nominarse como una lluvia de fuego. Corrió por el pasto reseco que empezaba a consumirse por los besos de fuego azul, mientras el viento la atacaba con lo que parecían en realidad miles de agujas ardientes. Por un momento se le ocurrió correr en contra de la tormenta, buscando alejarse de la influencia del viento, pero apenas se dio vuelta, fue recibida por una brutal llamarada azul.
Siguió corriendo tan rápido como pudo con el apoyo del viento hasta que la tormenta ígnea cesó y entonces, con una punzada de dolor, recordó a su pequeña prima abandonada en la casa ahora en llamas. Volvió corriendo hacia ella para descubrir, con más sorpresa que alivio, una gigantesca y apenas visible llama azul que se desprendía a pedazos del techo de la casa y volaba apaciblemente hacia el cielo, sin dejar a su paso el menor indicio de daño.

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