Estaba a punto de iniciarse el torneo de fútbol en la escuela de Lucía al cual todos los alumnos estaban obligados a ir. A pesar de que la muchacha se mostraba fastidiada y aburrida con sus amigos, lo único que tenía en contra de aquel evento era su terror patológico hacia cualquier clase de pelota. Su alivio fue grande, sin embargo, cuando descubrió que la cancha había sido cercada con una malla olímpica, por lo que cedió a la insistencia de sus amigos de sentarse detrás de uno de los arcos.
El partido acababa de empezar cuando uno de los jugadores hizo la primera tentativa fallida de gol, pateando la pelota con todas sus fuerzas hacia arriba. Esta cruzo la malla sin problemas y aterrizó del lado de afuera, habiendo rozado en el descenso a Lucía, quien pudo sentir la brisa que dejó a su paso antes de entrar en shock. La jovencita, luego de emitir un chillido de marrano asustado, se quedó paralizada de horror, por lo que uno de sus amigos acudió al rescate y trató de devolver de una patada a la cancha a la malhechora, mas cuando la pelota estuvo suspendida en lo alto del cielo, en vez de bajar comenzó a dar vueltas en espiral, descendiendo lentamente.Todos los presentes observaban el acontecimiento estupefactos, pero Lucía no podía evitar mirarlo casi con lágrimas, presa de la certidumbre de que la pelota poseída se dirigía directo hacia ella. Pero cuando el objeto volador estuvo a una distancia clara para la vista, pudo notar, al igual que todos, que la pelota se había convertido en una enorme avispa azul con forma de trompo. Entonces no fue ella la única, sino que todos los espectadores entraron en pánico y empezaron a correr en todas direcciones, pues la avispa misma no decidía qué camino tomar.
_Vos corré a esconderte, yo voy a encontrar la forma de deshacernos de eso_ le dijo Andrea, su amiga con cierto conocimiento sobre eventos paranormales.
Así lo hizo; corrió con todas sus fuerzas hacia el escondite por excelencia: el baño. Una vez dentro, la retuvo una conocida que ni siquiera estaba enterada del reciente caos.
_Yo hace años tuve un perro llamado Micky_ le dijo, como si hablara sola_ era un perro maricón. No toleraba palabras fuertes, pues ahí nomás se ponía susceptible y empezaba a llorar, por eso siempre lo tratábamos con mucha delicadeza y cariño, como si fuera un bebé. Cuando nos dimos cuenta de que ya no era un maricón, sino que era un consentido y además el perro más vivo de la historia, ya era demasiado tarde para tratar de amaestrarlo.
Lucía asintió con la cabeza y sonrió, tratando de deshacerse de aquel monólogo trivial, y se metió a uno de los cubículos, el cual poseía una pequeña ventana rectangular.
Por ahí estaba espiando cuando pasó Andrea llorando y gritando con la garganta desgarrada el nombre de Natalia.
_ ¡¿Qué pasó?! _preguntó Lucía, alarmada, cuando la interceptó por el pasillo que daba con los baños.
_Le dije a Natalia que se clavara en el corazón un cuchillo ensuciado con mi sangre para que así siempre me lleve con ella y podamos destruir a la avispa, ¡y lo hizo! _terminó llorando sin control.
_Esto es demasiado raro_ le contestó Lucía luego de una pausa reflexiva, entonces le dio una bofetada a su amiga_ ¿Te duele? _preguntó antes de darle varios manazos más.
_Pues… no _contestó Andrea, a pesar de que cerraba los ojos y se sobresaltaba cada vez que sentía acercarse la mano de Lucía.
_ ¡Es porque estamos soñando! _concluyó la muchacha_ esperá, voy a llamar a alguien que te puede ayudar a despertar de esta pesadilla.
De pronto ya no se encontraban en la escuela, sino en la casa de Lucía, cuando, al tiempo que tomaba su celular en mano, una fenomenal pantera azul con pétalos en vez de pelaje salió por la chimenea. Las muchachas no le prestaron atención, sino que la sacaron de la casa con una patada en los cuartos traseros, para luego Lucía intentar discar el número que mejor conocía. Pero a pesar de tenerlo grabado en la memoria psicomotriz, no lograba que sus dedos obedecieran sus órdenes.
Lo intentó varias veces e incluso entró en desesperación al ver como, sin el menor sentido, erraba casi todos los números, y a pesar de que llegó a equivocarse sólo en uno, no lograba dominar su mano. Por fin, después de arduos intentos, logró ordenar los números adecuados en el orden necesario para escuchar tras el auricular la aguda y prolongada nota La que la devolvió a la realidad.
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