Llegué a un punto de mi vida en el que todo estaba bien. Finalmente mis padres habían comprendido que yo ya estaba a pocos meses de cumplir la mayoría de edad, dándome de golpe toda la libertad que me faltaba; tanta que ni siquiera cabía en mi imaginación. Todo era demasiado bueno para ser cierto, y sin embargo, lo era. Mi vida se veía muy prometedora, en especial el año que transcurría, con mi asistencia asegurada a tres conciertos de grandes músicos a los cuales siempre he amado.
Justamente estos felices pensamientos surcaban mi mente, estando yo en un lugar lleno de gente que amo, pero por alguna razón no puedo recordar, cuando un emisario de la muerte apareció a mis espaldas con su traje de gala negro, su antifaz blanco y su chistera.
_Ya es hora _me dijo, tomándome del hombro con su mano oculta por un guante de seda blanco_ debes venir conmigo.
_ ¿Tan rápido? _contesté con una normalidad impresionante incluso para mí misma_ ¿no podríamos esperar un año más, o al menos una semana? Es que tengo demasiados planes.
_La muerte no puede esperar, ya debo llevarte _contestó, jalándome del hombro. En ese momento yo empecé a forcejear, llorar, gritar, patalear y protestar tanto como podía, pero era inútil. Aun estando tirada en el piso como lo estaba, y defendiéndome con todas mis fuerzas, no podía evitar estar cada vez más cerca del macabro Rolls-Royce negro del más allá.
Por otro lado, la escena a mi alrededor había cambiado por completo su aire alegre y armónico: todos me miraban con cara de espanto e incredulidad, a algunos empezaban a rodarle las lágrimas por las mejillas mientras, a lo lejos, se oían los gritos desesperados de mi novio, que entre sollozos clamaba: “¡No se la pueden llevar! ¡Ella es mía!
Su voz y el rumor lloroso de todos los presentes se apagaron tan pronto estuve dentro del coche. Este empezó a andar, pero no se dirigió a ninguna luz blanca, sino a un túnel perfectamente visible. Al final de ese tampoco se encontraba la blanca luz ilustrada en las películas, sino el inicio de otro túnel que desembocaba en otro y así; una interminable cadena de túneles psicodélicos, cilíndricos y coloridos que daban la sensación de estar atravesando a toda velocidad un caleidoscopio giratorio.
Finalmente vislumbré una tenue luz que se infiltraba en el túnel, pero se trataba solo de la luminosidad diurna de una ciudad vieja y oscura, muy al estilo londinense, con sus antiguos y lúgubres edificios, sus grandes vidrieras y sus calles adoquinadas.
_Aquí te bajas tú _me dijo mi sombrío acompañante.
_Solo una pregunta _contesté con algo de fastidio_ ¿de qué se supone que me morí?
_Tuviste una devastadora infección en el estómago y los riñones.
_ ¿Y cómo es que no la sentí? Se supone que eso debería dolerme muchísimo… _pero ya era demasiado tarde. El Rolls-Royce se había desvanecido debajo de mis zapatos, dejándome parada en la entrada de un viejo café.
“Por supuesto que no lo sentí”, dije para mis adentros, pues yo estuve anestesiada por una semana a causa del tratamiento indicado para curar una otitis media aguda en el oído izquierdo.Entré en el café haciendo mi mayor esfuerzo por contener las lágrimas y e senté en una cómoda butaca. No podía creer cómo, para evitar el dolor de una enfermedad menor, había opacado por completo la alerta de una enfermedad que me costaría la vida.
_ ¿Quién es tu amigo? _escuché de pronto decir a una voz proveniente de la butaca de enfrente. Al mirarla, descubrí en ella a mi mamá, pero solo atiné a decir:
_ ¿Quién? _al tiempo que giraba la cabeza para descubrir a un muchacho parado detrás de mí_ ¡Mamá! _grité de repente al caer en la cuenta de su presencia, pero ella ya se había esfumado.
_Esa no era tu mamá _empezó a decir el muchacho_ es solo un poderoso recuerdo que tu mente materializó un momento. No te asustes, te pasará muy seguido y podrás notar que esos recuerdos no te dicen nada útil o interesante, pero con el tiempo podrás olvidarlos por completo para empezar a vivir tu nueva vida trascendental.
El muchacho en cuestión no me dijo su nombre, pues, al parecer, en ese mundo extraño ya todos habían olvidado su nombre, por lo que se nominaban según lo que realmente habían sido, ya sea con adjetivos, oficios o características. En su caso, él era un amigo.
Pasó el tiempo y, como dijo mi amigo, pude olvidar por completo mi vida pasada en el mundo de los vivos. Por otro lado, mi amistad con él tiempo atrás había dejado de ser una simple amistad, se podría decir que esta había “trascendido”.
Una noche, al entrar en mi habitación y encender la luz, me encontré con una sorpresa gigantesca: mi antiguo novio –de antes de morir- sentado en mi cama y observándome. A pesar de que ya lo había olvidado por completo, me tomó menos de un segundo recordar todo lo concerniente a él. Su presencia era demasiado poderosa para tratarse solo de un recuerdo, se sentía como habitaba cada espacio de la habitación.
_Me decepcionaste _dijo de pronto, terminando con el silencio_ yo creí que me amabas y, ciertamente no sabía que esperar después de morir, pero por alguna razón ya sentía el temor certero de encontrarte con otro hombre _terminó con un dejo de amargura y resentimiento en la voz.
Traté de responder, de defenderme y protestar ante su injusta acusación, pero no pude siquiera tomar aire no mover un solo dedo, ya no tenía control sobre mi cuerpo, e incluso sentía como este empezaba a desprenderse de a poco del diáfano espacio físico que se alzaba a mi alrededor.
_¡Estoy viva! _exclamé con temor a equivocarme cuando por fin desperté.
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