sábado, 5 de noviembre de 2011

Bobó

No era rubia ni de ojos celestes, pero sin embargo fue la mujer más hermosa que se pudo concebir jamás. Su belleza era de aquellas que solo los nobles de corazón podrían percibir, pues la tenía bien expuesta, pero bajo la piel. A esta mujer la conformaba su robusta figura perfilada bajo el camisón floreado, sus manos gruesas y tiernas, hábiles para el croché, y sus dientes amarilleados por el tabaco que le destrozó los pulmones pero nunca le quitó el don de hablar como un ángel que, con sus palabras, solo era capaz de expresar dulzura, gracia y bondad indiscriminada.
No apareció en los libros de historia, nunca se levantó un monumento a su gloria, no tenía seguidores, pero conseguía encantar el corazón de todo aquel que la conocía. Fue, yo la considero, una revolucionaria en pequeña escala por haber sido una de las primeras mujeres en este pequeño pueblo que rompió con los esquemas femeninos de la época. No fue maestra, como toda su parentela, escogió la informática como profesión. No fue una fina dama de las que caminaban por la parte central de la plaza, a pesar de pertenecer a una poderosa “familia conocida”; en cambio, consideró a su sirvienta, una paceña de pollera, una de sus mejores amigas.
Amante del campo, del aire fresco y de las noches de loba en San Ignacio; solía escaparse hacia aquel pintoresco pueblo, pero no huyendo del movimiento de la ciudad, sino del solitario y sofocante encierro de su propio cuarto. Llegaba al pueblo, saludaba a todos los vecinos de alrededor de la plaza y entraba a su casa dispuesta a recostarse un momento a tejer, esperando que algún risueño paisano tocara el portón y gritara: ¡Señora Sonia!
Abuela amorosa, madre ejemplar, amiga fiel, leal compañera; jamás le gustó la palabra abuela, le parecía muy fría y fuerte. Solía decir que a una abuela se le debería llamar con un nombre tierno y cariñoso, como si las palabras expresaran el amor del nieto al abuelo, por lo que pidió a mi hermano, a toda la familia y a mí que la llamemos bobó.

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