jueves, 3 de noviembre de 2011

Crónicas de una mente dormida: Enloquecí y me encerraron


Cuando los alumnos del último curso de aquel colegio al que muchos solían llamar prisión, fueron de excursión al manicomio nacional, Lucía no tenía idea de que el agua de la locura empezaba a brotar por sus poros como una delicada capa de rocío matutino.
En los últimos días había empezado por primera vez a trabar amistad con sus compañeros de curso, lo cual tuvo por resultado la destrucción parcial de los muros del rechazo que durante año construyó ladrillo por ladrillo, y ella, muy felizmente, empezó a formar parte de una sociedad que, aún estando dentro, le parecía hueca, degenerada y banal.
Como en todo viaje, los alumnos, en total desorden y alboroto, reían y se burlaban hasta de las cosas más tontas y absurdas que sucedían a su alrededor. Lucía y sus amigas hablaban animadamente, ella aparentando una perfecta armonía y felicidad en su corazón, mientras por dentro se desbordaban los mares de sus pesares; horribles dramas se enredaban en su conciencia, formando un ovillo terrible y creciente.
Al llegar, formaron fila atrás de una barra metálica que recorría todo el recinto, separando a los locos de las visitas. De pronto, un enfermero se acercó a Lucía, quien entonces ya estaba empapada de locura, la tomó del brazo y suavemente la separó del grupo; ella no ejerció la menor resistencia, pues sus músculos hinchados de agua no reaccionaban a las señales que apenas era capaz de mandar su cerebro ahogado.
Ella no podía comprender nada de lo que pasaba, por qué no podía reaccionar y en especial, por qué la separaban del grupo al que ella pertenecía para llevarla con los locos. Pero todas sus dudas se esclarecieron cuando, al cruzar la barrera, resbaló con el agua de su propia locura y cayo de espaldas al suelo, entonces su mirada perdida se encontró con un techo negro como la noche pero pincelado de agua, sirviéndole así como el espejo que le mostró su rostro sereno y distante, pero con la notoria humedad de la locura brotando por sus ojos de rubí.
Sus compañeros, escandalizados, murmuraban a gritos preguntas que no hallaban respuesta ni explicación, pero ella ya no podía oírlos, ahora el enfermero la escoltaba por un pasillo oscurísimo a sus ojos, pero bañado de una luz blanca y mortecina a los ojos cuerdos. Llegaron luego a un patio interno donde había una piscina y ventanas en todo el rededor. Lucía, con los sentidos consumiéndose lentamente por el agua, sintió una vibración familiar en el bolsillo trasero de su pantalón, y gracias al poder de la costumbre, ineludible aún fuera del mundo real, contestó su celular.
_ ¿Hola? _preguntó con voz queda.
_Bienvenida, Lucía, a lo que será tu nuevo hogar. No te asustes, nosotros estamos tratando de ayudar, pues de este lado somos todos iguales y queremos que te sientas cómoda, para lo cual tendrás que empezar por secarte. Yo soy tu asesor personal y estoy disponible en cualquier momento que desees para contarme todo mal que te aqueje. No seas tímida, muchos casos como el tuyo han logrado secarse por completo con solo contarme sus dolores, así que cuando estés lista, puedes salir a buscarme por la puerta que está justo frente a ti.
La llamada terminó antes de que Lucía pudiera siquiera abrir la boca; para entonces, el enfermero la había dejado sola en el gran recinto y lo único que le restaba por hacer era ordenar sus ideas y encaminarse a la puerta, donde encontraría a la persona que buscó toda su vida: alguien que la escuche y entienda sin emitir el menor juicio.
El trauma de su infancia al ser abandonada continuas veces por sus padres cada vez que se iban de viaje y la dejaban encerrada con su abuela nazi, la soledad que la acosó toda su vida, empezando por los niños que la tildaron de rara y le huían por temor a contagiare de su genialidad; la gente que hasta la fecha nunca había dado la menor importancia a su existencia, gente que ella consideraba cercana y que en los mayores momentos de dolor y necesidad, hacían oídos sordos a sus tímidas penas; estos y más traumas y complejos serían finalmente expulsados de su atiborrado corazoncito al girar la manilla que sudaba debajo de su mano.
Detrás de la puerta de vidrio oscuro se extendía un jardín de ensueños con verdes laderas, pastos altos, árboles frutales y una infinita y llena de vida vegetación que se perdía en el horizonte, pero ni rastros de su asesor.
Sin perder la calma, Lucía empezó a caminar entre el pastizal mirando por todos lados, cuando de repente, de entre la maleza, apareció la saltarina cabeza de un enano, a lo que la muchacha gritó de emoción, pero nadie la hoyó. Luego apareció otro y otros dos, todos con sus coloridos gorros, todos mirando en una dirección. Lucía miró en la misma dirección para descubrir con sorpresa a la mismísima Blanca Nieves corriendo ladera abajo directo hacia la muchacha, con los brazos delicadamente levantados y una graciosísima expresión de horror que jamás habría osado lucir en los cuentos. Pero de pronto se supo el motivo de su alboroto: lo que parecía un millar de abejas enfurecidas venían persiguiéndola a toda prisa. Casi al mismo tiempo, un charco de gelatina azul empezó a borbotear justo al lado de Lucía, del que apareció de un salto el Genio de la Lámpara gritando con horror: “¡Vienen las hadas!”
En efecto, las enfurecidas criaturas voladoras eran hadas, quienes por fin alcanzaron a Blanca Nieves y, lanzándole rayos, la hicieron rodar por la colina; chocose así con Lucía y el Genio y convirtiéronse en una sola maza multicolor rodante.
Rodaron juntos lo que parecieron tres eternidades, hasta detenerse en una inesperada meseta de tiza blanca, bajo la cual, una fila india de polvorientos esclavos llevaban enormes piedras sobre sus cabezas. Lucía, harta de tantas vueltas y tonterías que no llevaban a nada, tanteó su bolsillo con el propósito de llamar al desaparecido asesor, pero este estaba vacío. La desilusión de la joven era gigante, y su locura empezaba a mojar la tiza que la cubría, convirtiéndola así en un pegajoso engrudo, cuando de repente la puerta de vidrio oscuro se materializo frente a ella.
Del otro lado de la puerta se encontró nuevamente con la piscina, pero esta parecía haber explotado, pues toda la habitación estaba mojada. Recordó entonces Lucía al enfermero que la había traído y cruzó la puerta que llevaba al manicomio, esperando que este pudiera llevarla con el asesor. Sin embargo, el recinto se encontraba habitado solo por su tétrica luz y una inexplicable capa de agua que lo cubría todo, desde el piso hasta el techo.
Lucía empezó a correr sin dirección, chapoteando cada vez con más dificultad, pues el agua iba en aumento, hasta que finalmente llegó a la entrada, donde sus compañeros seguían formados en filas. Ella los llamó a gritos hasta que se dio cuenta de que lo que la separaba de ellos no era solo la barra metálica, sino también una gruesísima capa de agua que la volvía invisible e inaudible para sus condiscípulos.
Ella aún gritaba y trataba de cruzar la impenetrable cortina cuando aparecieron dos enfermeros, quienes la tomaron de cada brazo y la llevaron con dificultad por el mismo pasillo, a pesar de los gritos y forcejeos de la loca joven.
Finalmente la metieron en un cuarto en el que solo había un colchón en el piso, donde la dejaron encerrada. Ella, con los ojos anegados en lágrimas y el alma hecha pedazos, se recostó de espalda en el colchón.
Nunca encontró a quien tanto anhelaba, fue separada de los amigos de los que apenas empezaba a formar parte, se quedó totalmente sola sin más que hacer que sucumbir a la locura. Todas estas terribles ideas provocaron un torrente incontenible de lágrimas, las cuales empezaron brotando por sus ojos y luego salieron por todos los orificios de su cuerpo, inundando así el cuarto de forma implacable, hasta cubrir por completo el cuerpecillo de la amable loca, quien, finalmente, se ahogó con el torrente de su locura.

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