domingo, 30 de octubre de 2011

Reflexiones en el recreo

¿Por qué malgastar estas páginas preciadas con un trabajo forzado? El piso está demasiado resvaloso y no dejan de pasar los zapatos de personas que no se detienen a mirar a la muchacha que desde abajo escribe estas líneas.
Ahí va otro par de zapatos, todos tan diferentes, pero tan típicos a la vez... al fin y al cabo, todos terminamos calzando igual que los demás, pues estamos eternamente atados a ellos por la cadena de hierro de la moda. No se trata tanto de los códigos neuronales que vienen ocultos en los comerciales, ni el hecho de que los famosos usen las prendas que se nos ofrecen; se trata más bien de que estamos rodeados por una monotonía infranqueable. Todos lo que el mercado nos ofrece es una repetición al infinito de lo que el resto de los humanos usarán durante la temporada, o el año, o la década.
Pero, así de acorralados como estamos con las tendencias impuestas, no nos atrevemos a incurcionar en los campos de lo totalmente inédito, pues no soportaríamos el pavor de no lograr ser iguales a ninguna otra persona; no podríamos lidiar con aquella falta de consuelo que nos daba el justificar nuestra apariencia -por excéntrica que fuera-, comparándola con la de alguien más. Las miradas de reproche, y acaso de asco, de todas las personas que observan cómo hacemos el ridículo tratando de ser únicos nos torturarían hasta las lágrimas y nos harían volver sin pensarlo a la moda cotidiana.
A fin de cuentas, normales o anormales, todos formamos parte de una sociedad que nos proteje, justifica y acoge, porque si entre todos lo hacemos, si entre todos nos apoyamos y nos damos el ejemplo, entonces no importa que digan ellos, pues ellos, por distintos que sean de nosotros, son en realidad iguales.

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